Conque entonces, adiós. ¿No olvidas nada?
Bueno, vete... Podemos despedirnos.
¿Ya no tenemos nada qué decirnos?
Te dejo, puedes irte...
Aunque no, espera, espera todavía
que pare de llover... Espera un rato.
Y sobre todo, ve bien abrigada,
pues ya sabes el frío que hace allí afuera.
Un abrigo de invierno es lo que habría
que ponerte... ¿De modo que te he devuelto todo?
¿No tengo tuyo nada?
¿Has tomado tus cartas, tu retrato?
Y bien, mírame ahora, amiga mía;
pues que en fin, ya va uno a despedirse.
¡Vaya! No hay que afligirse;
¡vamos!, ¡no hay que llorar, qué tontería!
¡Y qué esfuerzo tan grande
necesitan hacer nuestras cabezas,
para poder imaginar y vernos
otra vez los amantes
aquellos tan rendidos y tan tiernos
que habíamos sido antes!
Nos habíamos las vidas entregado
para siempre, uno al otro, eternamente,
y he aquí que ahora nos las devolvemos,
y tú vas a dejarme y yo voy a dejarte,
y pronto partiremos
cada quien con su nombre, por su lado...
Recomenzar... vagar...
vivir en otra parte...
Por supuesto, al principio sufriremos.
Pero luego vendrá piadoso olvido,
único amigo fiel que nos perdona;
y habrá otra vez en que tú y yo tornaremos
a ser como hemos sido,
entre todas las otras, dos personas.
Así es que vas a entrar a mi pasado.
Y he de verte en la calle desde lejos,
sin cruzar, para hablarte, a la otra acera,
y nos alejaremos distraídos
y pasarás ligera
con trajes para mí desconocidos.
Y estaremos sin vernos largos meses,
y olvidaré el sabor de tus caricias,
y mis amigos te darán noticias
de "aquel amigo tuyo".
Y yo a mi vez, con ansia reprimida
por el mal fingido orgullo,
preguntaré por la que fue mi estrella
y al referirme a ti, que eres mi vida,
a ti, que eras mi fuerza y mi dulzura,
diré: ¿cómo va aquella?
Nuestro gran corazón, ¡qué pequeño era!
Nuestros muchos propósitos, ¡qué pocos!;
y sin embargo, estábamos tan locos
al principio, en aquella primavera.
¡Te acuerdas? ¡La apoteosis! ¡El encanto!
¡Nos amábamos tanto!
¿Y esto era aquel amor? ¡Quién lo creyera!
De modo que nosotros -aún nosotros-,
cuando de amor hablamos
¿somos como los otros?
He aquí el valor que damos
a la frase de amor que nos conmueve.
¡Qué desgracia, Dios mío que seamos
lo mismo que son todos! ¡Cómo llueve!
Tú no puedes salir así lloviendo.
¡Vamos!, quédate, mira, te lo ruego,
ya trataremos de entendernos luego.
Haremos nuevos planes,
y aun cuando el corazón haya cambiado,
quizá revivirá el amor pasado
al encanto de viejos ademanes.
Haremos lo posible;
se portará uno bien. Tú, serás buena,
Y luego... es increíble,
tiene uno sus costumbres; la cadena
llega a veces a ser necesidad.
Siéntate aquí, bien mío:
recordarás junto de mí tu hastío,
y yo cerca de ti mi soledad.
Poesía Urbana y algo de Prosa Poética, mezclados con un poco de sarcasmo, una chispa de humor y sólo por no dejarlo pasar, una pequeña muestra de algunos de mis diseños... aquí encontrarás programas, musica de diversos géneros, series de TV, tips de Photoshop, Illustrator, 3D, Corel Draw, Fotografía Digital, Edición de Video, Tecnología, etc... ¡total que este blog estará variadito como en botica!
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domingo, 2 de octubre de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
Vete en güena hora
"Si mi abandonas porque soy probe,
vete en güena hora...
Yo no te quero tener a juerzas;
tal vez te jalles más mejor sola.
A ti te cuadra la güena vida,
del mesmo modo qui a munchas otras,
y yo no quero que por mi culpa
t'estés haciendo tanta mal'obra.
No te priocupe dejarme solo;
no te priocupes por mi persona...
Pa nada valgo... pa nada sirvo...
¡No puedo darte lo qui ambicionas!
Cuánto te quero, tú bien lo sabes...
qu'eres mi vida, harto te costa...;
pero el cariño de nada sirve
si no se junta con esas cosas
qui a las mujeres las güelven locas.
Pa qu'es que sigas tan a desgusto;
si ha de ser luego mejor dendi ora;
ansina quedo más satisfeicho,
porque siquera no me traicionas.
Harto quisiera no ser tan probe,
pa qui anduvieras como esas rotas
que tanto invidias, porque tú inoras
qui aquellos lujos, qui aquellos trapos,
son, mesmamente, cachitos di honra...
Anda tranquila... Vete en güena hora...
Pero, no güelvas... Nunca ti acuerdes de mi persona,
pos, manque probe, soy orgulloso....
y no me cuadra recoger sobras
Te quero muncho, pero, ¡ no li aunque!
Más vali ansina... Vete en güena hora..."
vete en güena hora...
Yo no te quero tener a juerzas;
tal vez te jalles más mejor sola.
A ti te cuadra la güena vida,
del mesmo modo qui a munchas otras,
y yo no quero que por mi culpa
t'estés haciendo tanta mal'obra.
No te priocupe dejarme solo;
no te priocupes por mi persona...
Pa nada valgo... pa nada sirvo...
¡No puedo darte lo qui ambicionas!
Cuánto te quero, tú bien lo sabes...
qu'eres mi vida, harto te costa...;
pero el cariño de nada sirve
si no se junta con esas cosas
qui a las mujeres las güelven locas.
Pa qu'es que sigas tan a desgusto;
si ha de ser luego mejor dendi ora;
ansina quedo más satisfeicho,
porque siquera no me traicionas.
Harto quisiera no ser tan probe,
pa qui anduvieras como esas rotas
que tanto invidias, porque tú inoras
qui aquellos lujos, qui aquellos trapos,
son, mesmamente, cachitos di honra...
Anda tranquila... Vete en güena hora...
Pero, no güelvas... Nunca ti acuerdes de mi persona,
pos, manque probe, soy orgulloso....
y no me cuadra recoger sobras
Te quero muncho, pero, ¡ no li aunque!
Más vali ansina... Vete en güena hora..."
lunes, 14 de marzo de 2011
¿Por qué la gente grita?
Un día un maestro preguntó a sus discípulos lo siguiente: ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados? Los discípulos pensaron unos momentos:
- Porque perdemos la calma, dijeron. Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó el maestro. ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?
Los discípulos dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.
Finalmente él explicó:
- Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego el maestro preguntó:
- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Porque sus corazones están muy cerca .La distancia entre ellos es muy pequeña.
El maestro continuó:
- Cuando se enamoran aún más, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuando están cerca dos personas que se aman
Luego el maestro dijo:
- Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, porque llegará un día en que la distancia sea tan grande, que no encontrarán de nuevo el camino de regreso.
- Porque perdemos la calma, dijeron. Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó el maestro. ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?
Los discípulos dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.
Finalmente él explicó:
- Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego el maestro preguntó:
- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Porque sus corazones están muy cerca .La distancia entre ellos es muy pequeña.
El maestro continuó:
- Cuando se enamoran aún más, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuando están cerca dos personas que se aman
Luego el maestro dijo:
- Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, porque llegará un día en que la distancia sea tan grande, que no encontrarán de nuevo el camino de regreso.
lunes, 7 de marzo de 2011
El Lado Oscuro de Mi Corazón
No sé me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de Mary Karmen
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡Mary Karmen era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡Mary Karmen! ¡Mary Karmen!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de Mary Karmen
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡Mary Karmen era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡Mary Karmen! ¡Mary Karmen!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
"Gracias Maestro Oliverio Girondo... porque alguna vez exististe y dejaste este legado a nosotros los mundanos y mortales seguidores de tu poesía: Escribanto"
Lista de Ideas
Dedicatorias a quien nunca acabé de conocer,
En mis noches de insomnio,
Poesía e ideas de otros autores,
Poesía y Prosa Urbana
miércoles, 16 de junio de 2010
Me lo contaron ayer...
Y me bendijo a mi madre;
y me bendijo a mi madre.
Diez centavos le di a un pobre
y me bendijo a mi madre.
¡Ay! qué limosna tan chiquita,
qué recompensa tan grande.
¡Qué limosna tan chiquita,
qué recompensa tan grande!
Y tú... ¿dónde vas tan deprisa?
sin decirme ni ¡con Dios!
Me puedes mirar de frente,
de todo me he enterado yo...
Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes
y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera en mi caso,
se hubiera echado a llorar,
yo, cruzándome de brazos
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro
ni de enredarme a maldiciones
ni de apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casado? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte,
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi madre
que no te guardo rencor.
Porque sin ser tu marido,
ni tu novio, ni tu amante,
soy el que más te ha querido
y con eso tengo bastante.
(Y haciendo un poco de historia
nos volveremos atrás
para recordar las glorias
de mis días de chaval...)
—¿Qué tiene el niño Manuela?
Que anda como transtornado,
le noto cara de pena
y el colorcillo quebrado.
Ya no juega a la pelota
ni tira piedras al río,
ni se destroza la ropa
subiéndose por el nido.
¿No te parece a ti extraño,
no es una cosa muy rara
que un chaval de doce años
tenga tan triste la cara?
¡Mira que soy perro viejo
y andas demasiado tranquila!
¿Quieres que te dé un consejo?
Vigilia mujer... ¡vigila!
Y fueron dos centinelas
los ojillos de mi madre.
—Cuando sale de la escuela
se va pa' los olivares.
—¿Y qué es lo que busca allí?
—Una hermosa niña...
tendrá el mismo tiempo que él.
José Miguel, no le riñas,
está aprendiendo a querer.
Mi padre encendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre
y te compró unos sarcillos
y a mí un pantalón de hombre.
Yo no te dije «te adoro»
pero amarré en tu balcón
mi lazo de seda y oro
de primera comunión.
Y tú fina y orgullosa,
me ofreciste en recompensa
la cinta color de rosa
que engalanaba tu trenza.
—Voy a misa con mis primos.
—Bueno, te veré en la ermita.
Y qué serios nos pusimos
al darte el agua bendita.
Mas tarde en el campanario,
cuando rompimos a hablar:
—Dice mi tiíta Rosario
que la cigüeña es sagrada...
—Y el colorín y la fuente
y las flores y el rocío
y aquel torito valiente
que está bebiendo en el río.
Y el bronce de esta campana
y el romero de los montes
y aquella cinta lejana
que la llaman horizonte.
¡Todo es sagrado: tierra y cielo
porque todo lo hizo Dios...
—¿Qué te gusta más?
—Tu pelo.
¡Qué bonito le quedó
Y tu boca y tus brazos
y tus manos redonditas
y tus pies fingiendo el paso
de las palomas suritas
Con la pureza de un copo
de nieve te comparé;
te revestí de piropos
de la cabeza a los pies.
De regreso te hice un ramo
de pitiminí precioso
y luego nos retratamos
en las agüitas de un pozo.
Y hablando de estas pamplinas
que inventan las criaturas,
llegamos hasta tu esquina
tomados por la cintura.
Yo te pregunté: —¿En qué piensas?
Tú dijiste: —En darte un beso.
Y sentí una vergüenza
que me caló hasta los huesos.
De noche, muertos de luna,
nos vimos por la ventana.
—¡Shhht! Mi hermanito está en la cuna,
le estoy cantando la nana.
Y mientras tu le cantabas
yo inocente pensé
que la luna nos casaba
como a marido y mujer.
¡Pamplinas! ¡Figuraciones
que inventan los chavales!
Después la vida se impone:
"Tanto tienes, tanto vales"
Por eso hoy al enterarme
que llevas un mes casada
no dije que iba a matarme,
sino que me daba igual.
Mas como es rico tu dueño,
te vendo esta profecía:
tú cada noche entre sueños
soñarás que me querías
y recordarás la tarde
que mi boca te besó
¡y te llamarás cobarde!
como te lo llamo yo.
Y verás sueña que sueña,
que me morí siendo chico
que se llevó la cigüeña
mi corazón en el pico.
Pensarás: ¡No es cierto nada
yo sé que lo estoy soñando!
Pero allá... pero allá en la madrugada
te despertarás llorando,
por el que no es tu marido,
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más te ha querido
y con eso... con eso tengo bastante.
Por lo demás, todo se olvida.
Verás cómo Dios te manda
un hijo como una estrella;
avísamelo enseguida,
me servirá de alegría
cantarle la nana aquella:
"Quítate de la esquina,
chiquito loco,
que mi madre no te quiere
ni yo tampoco"
Pensarás: ¡No es cierto nada
yo sé que lo estoy soñando!
Pero allá... pero allá en la madrugada
te despertarás llorando,
por el que no es tu marido,
ni tu novio, ni tu amante,
sino al que más has querido
y con eso... ¡con eso tienes bastante!
y me bendijo a mi madre.
Diez centavos le di a un pobre
y me bendijo a mi madre.
¡Ay! qué limosna tan chiquita,
qué recompensa tan grande.
¡Qué limosna tan chiquita,
qué recompensa tan grande!
Y tú... ¿dónde vas tan deprisa?
sin decirme ni ¡con Dios!
Me puedes mirar de frente,
de todo me he enterado yo...
Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes
y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera en mi caso,
se hubiera echado a llorar,
yo, cruzándome de brazos
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro
ni de enredarme a maldiciones
ni de apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casado? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte,
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi madre
que no te guardo rencor.
Porque sin ser tu marido,
ni tu novio, ni tu amante,
soy el que más te ha querido
y con eso tengo bastante.
(Y haciendo un poco de historia
nos volveremos atrás
para recordar las glorias
de mis días de chaval...)
—¿Qué tiene el niño Manuela?
Que anda como transtornado,
le noto cara de pena
y el colorcillo quebrado.
Ya no juega a la pelota
ni tira piedras al río,
ni se destroza la ropa
subiéndose por el nido.
¿No te parece a ti extraño,
no es una cosa muy rara
que un chaval de doce años
tenga tan triste la cara?
¡Mira que soy perro viejo
y andas demasiado tranquila!
¿Quieres que te dé un consejo?
Vigilia mujer... ¡vigila!
Y fueron dos centinelas
los ojillos de mi madre.
—Cuando sale de la escuela
se va pa' los olivares.
—¿Y qué es lo que busca allí?
—Una hermosa niña...
tendrá el mismo tiempo que él.
José Miguel, no le riñas,
está aprendiendo a querer.
Mi padre encendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre
y te compró unos sarcillos
y a mí un pantalón de hombre.
Yo no te dije «te adoro»
pero amarré en tu balcón
mi lazo de seda y oro
de primera comunión.
Y tú fina y orgullosa,
me ofreciste en recompensa
la cinta color de rosa
que engalanaba tu trenza.
—Voy a misa con mis primos.
—Bueno, te veré en la ermita.
Y qué serios nos pusimos
al darte el agua bendita.
Mas tarde en el campanario,
cuando rompimos a hablar:
—Dice mi tiíta Rosario
que la cigüeña es sagrada...
—Y el colorín y la fuente
y las flores y el rocío
y aquel torito valiente
que está bebiendo en el río.
Y el bronce de esta campana
y el romero de los montes
y aquella cinta lejana
que la llaman horizonte.
¡Todo es sagrado: tierra y cielo
porque todo lo hizo Dios...
—¿Qué te gusta más?
—Tu pelo.
¡Qué bonito le quedó
Y tu boca y tus brazos
y tus manos redonditas
y tus pies fingiendo el paso
de las palomas suritas
Con la pureza de un copo
de nieve te comparé;
te revestí de piropos
de la cabeza a los pies.
De regreso te hice un ramo
de pitiminí precioso
y luego nos retratamos
en las agüitas de un pozo.
Y hablando de estas pamplinas
que inventan las criaturas,
llegamos hasta tu esquina
tomados por la cintura.
Yo te pregunté: —¿En qué piensas?
Tú dijiste: —En darte un beso.
Y sentí una vergüenza
que me caló hasta los huesos.
De noche, muertos de luna,
nos vimos por la ventana.
—¡Shhht! Mi hermanito está en la cuna,
le estoy cantando la nana.
Y mientras tu le cantabas
yo inocente pensé
que la luna nos casaba
como a marido y mujer.
¡Pamplinas! ¡Figuraciones
que inventan los chavales!
Después la vida se impone:
"Tanto tienes, tanto vales"
Por eso hoy al enterarme
que llevas un mes casada
no dije que iba a matarme,
sino que me daba igual.
Mas como es rico tu dueño,
te vendo esta profecía:
tú cada noche entre sueños
soñarás que me querías
y recordarás la tarde
que mi boca te besó
¡y te llamarás cobarde!
como te lo llamo yo.
Y verás sueña que sueña,
que me morí siendo chico
que se llevó la cigüeña
mi corazón en el pico.
Pensarás: ¡No es cierto nada
yo sé que lo estoy soñando!
Pero allá... pero allá en la madrugada
te despertarás llorando,
por el que no es tu marido,
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más te ha querido
y con eso... con eso tengo bastante.
Por lo demás, todo se olvida.
Verás cómo Dios te manda
un hijo como una estrella;
avísamelo enseguida,
me servirá de alegría
cantarle la nana aquella:
"Quítate de la esquina,
chiquito loco,
que mi madre no te quiere
ni yo tampoco"
Pensarás: ¡No es cierto nada
yo sé que lo estoy soñando!
Pero allá... pero allá en la madrugada
te despertarás llorando,
por el que no es tu marido,
ni tu novio, ni tu amante,
sino al que más has querido
y con eso... ¡con eso tienes bastante!
Obra maestra autoría del sevillano Rafael de León... (te la debía Arturo Ignacio Solís)
martes, 15 de junio de 2010
"Los Dos Eremitas"
En una solitaria montaña vivían dos eremitas que adoraban a Dios y se amaban el uno al otro.
Los eremitas tenían una escudilla de barro, única cosa que poseían.
Un día, un mal espíritu entró en el corazón del más viejo, que acercándose al más joven le dijo:
- Hace ya mucho tiempo que vivimos juntos. Ha llegado la hora de separarnos. Dividamos nuestros bienes.
Entonces el menor de los eremitas se entristeció, y dijo:
- Me duele, hermano, que me abandones. Pero si tienes necesidad de partir, así sea.
Y trajo la escudilla de barro y se la entregó, diciendo:
- No podemos dividirla, hermano, quédate tú con ella.
Entonces el ermitaño más viejo replicó:
- No quiero caridad. No me llevaré nada que no sea mío. La escudilla debe ser dividida.
Y el más joven dijo:
- Si partimos la escudilla, ¿de qué nos servirá después a ti o a mí? Si estás de acuerdo, podríamos sortearla.
Pero el viejo insistió:
- No quiero sino justicia y lo que me pertenece, y no voy a confiar la justicia y lo que me pertenece a la caprichosa suerte. La escudilla debe ser dividida.
Entonces, el eremita más joven no pudo ya seguir argumentando, y dijo:
- Si es tu voluntad y eso es lo que deseas, quebraremos la escudilla.
El rostro del eremita más viejo se fue oscureciendo cada vez más y gritó:
- ¡Maldito cobarde, no quieres reñir!
Los eremitas tenían una escudilla de barro, única cosa que poseían.
Un día, un mal espíritu entró en el corazón del más viejo, que acercándose al más joven le dijo:
- Hace ya mucho tiempo que vivimos juntos. Ha llegado la hora de separarnos. Dividamos nuestros bienes.
Entonces el menor de los eremitas se entristeció, y dijo:
- Me duele, hermano, que me abandones. Pero si tienes necesidad de partir, así sea.
Y trajo la escudilla de barro y se la entregó, diciendo:
- No podemos dividirla, hermano, quédate tú con ella.
Entonces el ermitaño más viejo replicó:
- No quiero caridad. No me llevaré nada que no sea mío. La escudilla debe ser dividida.
Y el más joven dijo:
- Si partimos la escudilla, ¿de qué nos servirá después a ti o a mí? Si estás de acuerdo, podríamos sortearla.
Pero el viejo insistió:
- No quiero sino justicia y lo que me pertenece, y no voy a confiar la justicia y lo que me pertenece a la caprichosa suerte. La escudilla debe ser dividida.
Entonces, el eremita más joven no pudo ya seguir argumentando, y dijo:
- Si es tu voluntad y eso es lo que deseas, quebraremos la escudilla.
El rostro del eremita más viejo se fue oscureciendo cada vez más y gritó:
- ¡Maldito cobarde, no quieres reñir!
Gibran Khalil Gibran
El Loco
Ed. Pomaire, 1978
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